jueves, 8 de marzo de 2012

Grande, maestro.

Leer a Juan Ramón Jiménez no es rozar con la yema de los dedos, la naturaleza del amor o la esencia de la vida. Todo lo contrario: es inyectarse una sobre dosis de miedo directa a la aorta. Es el vocero de la muerte, el cómplice de la ausencia, el eterno espectador del atardecer extinguido. En cada una de sus líneas, las ansias de un hombre que lucha a punta de talento/estética/don-divino contra la mortalidad de la carne; escapan del papel para respirarnos en la nuca, taladrarnos los huesos y soltarnos una sonrisa torcida.

Político sin partido, presidente del infinito, lengua cruda y tinta directa: en cada uno de sus roles, Juan Ramón Jiménez es un capo. Un historiador de los crepúsculos que nunca llegan, un amante de la naturaleza desconocida, un simbolista que juega a naturalista... En fin, un antónimo demasiado simpático.

No caben palabras para describirlo; el lenguaje es corto e inútil para perfilar a quien lo domina por instinto, por experiencia, por sobrevivencia. Juan Ramón escribe para no morir, y murió cada día para escribir. Él mismo lo afirma, cuando escribió: Tengo solo dos obsesiones, en lucha perpetua: el arte y la muerte.

Frente a su espíritu, las frases se me escurren y quedo desarmada ante cualquier intento de representación o conceptualización de tamaño genio. Solo alcanzo a soltar una verdad, una confesión, y un deseo jamás realizado: para mí Juan Ramón Jiménez es el tipo que quise ser en mi vida pasada.

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