Nunca he conocido lectora tan voraz como mi propia madre. Desde pequeña, he escuchado a sus hermanas confirmarme que mi progenitora no nació con un pan bajo el brazo, sino con un libro entre las manos. Incluso a los trece años, casi fue atropellada en medio de alguna calle de bruselas por ir leyendo el ensayo sobre la ceguera mientras cruzaba un semáforo. Probablemente, la magia apocalíptica de Saramago le impidió percatarse que el foco cambió en verde. Solo el sonido del claxon y un frenazo a quema llanta, seguidos de una lisurienta llamada de atención por parte del conductor; lograron que evacuara del mundo de los ciegos para estrellarse contra el mundo de los impacientes.
Por supuesto, su gusto por la buena lectura no solo se limitó a sustos de tráfico, sino a una invaluable colección de autores franceses, alemanes, norteamericanos y sudamericanos apilada en la biblioteca de la casa. Fue allí donde me encontré por primera vez con las Mil y una noches, con el viejo y el mar, y tantas veces Pedro; además de la magia del comic con Mafalda, Tintín, Asterix y Obelix, y Corto Maltesse. Fue allí donde aprendí del amor y el placer sin siquiera conocerlos en la práctica, y paralelamente, me burlé a carcajadas de los desaciertos de las tropas romanas en sus desgraciados encuentros con los galos. Fue allí donde tomé la decisión que marcó mi vida desde entonces: ser escritora.
Por lo tanto, desde esa perspectiva y quitándole el relámpago subjetivo y sanguíneo al asunto, podría afirmar que si hay alguien capaz de juzgar cualquier producción literaria, esa es mi madre. Incluso cuando esa no sea su profesión y ni siquiera se le parezca. Porque ella jamás se dedicó a las letras, tampoco cursó alguna asignatura sobre el tema. Para nada: mi madre es cocinera. Y de las mejores.
Faverón dice: cocinero a sus sartenes. Yo -y que me perdone la impertinencia- le respondo: para ser lector no hace falta una profesión. Todos lo somos -o deberíamos serlo. Unos más apasionados que otros, otros más desordenados que unos. Da lo mismo: no hace falta poseer un curriculum sobrealimentado con arsenales de doctorados en linguística y filología para agarrar un buen libro, apreciarlo y luego explicar por qué valió la pena o por qué es un maldito desastre. Solo hace falta saber gozar. ¿Y quién más conoce de goce que un buen cocinero?
Sí, Acurio no ha estudiado letras, a diferencia de los otros jurados. Pero, ¿no es hora de romper el escudo conservador, oxidado y aristócrata de la literatura? ¿No es hora de democratizar un círculo que peca de soberbio y que suelta paporretas a oídos sordos? Hemingway aprendió a cazar, antes que a escribir. Rimbaud era un campesino, antes de armar los poemas más malditos de todos los tiempos. ¿No es que la historia nos ha cacheteado demostrándonos que no hace falta ser parte de una cúpula aristocrática para escribir y saber juzgar a quienes se dedican a ello? Y yendo a un terreno más específico: ¿qué escritor no quisiera ser apreciado por sus lectores? ¿acaso el literato escribe para los críticos? ¡Para nada! ¡Los detesta!
Patricia del Río no pudo decirlo mejor: "Este no es un concurso de especialistas para especialistas,es de todos y para todos". O dicho de un modo más mordaz: "Si aceptamos la renuncia de Gastón habrá ganado ese Perú al que le jode el éxito ajeno, que construye su identidad sobre la base de la exclusión y de volver la cultura elitista para convertirla en un elemento que enfatiza la discriminación" ¡Incluso el mismo Thays ha defendido a Gastón Acurio y le ha pedido que no renuncie!
Los lectores también tienen derecho a criticar o opinar sobre la obra de cierto autor, porque ellos son los destinatarios finales. Es a ellos a los que se refiere el autor. No a los críticos, no a los otros escritores. No. Uno escribe para que lo lean, pero sobre todo, para que lo disfruten. Para que un mortal común y corriente sueñe a partir de la narrativa y las líneas de acción estructuradas por el escritor. Y esa es chamba del lector. Sea ingeniero, arquitecto, campesino o zapatero.
Por lo tanto, si los directivos del concurso hubieran aceptado la renuncia de Gastón, lo único que habrían conseguido sería ningunear a todos los lectores del mundo y además, quitarle el privilegio a los escritores nóveles de ser apreciados por su verdadero jurado: la gente que irá a la librería, comprará su obra, la leerá antes de dormir y por si fuera poco, le pagará la vocación.