viernes, 16 de noviembre de 2012


"Siempre me gustaron las ciudades grandes. Pueden llamarme youpie, pueden acusarme de aburguesado o peor aún, alienado. Pueden hacerlo y daría lo mismo: de hace un tiempo que dejaron de importarme sus mentiras. No, claro que no soy aburguesado, y claro que ustedes mienten. Todo es un malentendido, supongo; pero tampoco me importa. Decía que me gustan las ciudades grandes y es cierto. Las avenidas gigantes, por ejemplo, jugando a ser las venas vitales que traspasan una ciudad de norte a sur o de este a oeste, y terminan en pequeñas ramificaciones que llegan a ninguna y a todas partes. Los servicios de metro y tram conectando en una sola vía los barrios más adinerados y rococó, con los rincones más sórdidos y –cuidadosamente- escondidos de la urbe. La mitad del departamento de policía estratégicamente estacionado donde nunca sucede nada. Siempre me gustaron las ciudades grandes: son tan cínicas que uno se siente estúpido de sentir culpa de su comparado cinismo.

Cinismo. La palabra reverbera en mi cabeza, mientras pido un sándwich al paso. Es un volskwagen furgoneta de los sesenta, dos tipos vestidos con gorros ridículos y camiseta amarilla atienden al público: ¿qué le sirvo, señor? por un dólar más, puede tener un combo agrandado, ¿qué salsas desea, señora? Sí, esa es nuestra especial, la salchicha King con huevo, queso y jamón. Tras ellos, dos hombre se ocupan de la parrilla. Uno le alcanza los insumos, mientras que le otro se encarga de freír los pedidos de un solo saco: tocinos, quesos, huevos, champignones, cociéndose a lado de montículos de hilachas de pollos, láminas de hamburguesa, salchichas, chorizos, y quizá algún embutido típico de la zona. Solo alguno.  Siempre me gustaron las ciudades grandes, me repito: su uniformidad consigue que uno se sienta jodidamente normal y a la vez, ajeno. Es el efecto mágico del consumo masivo; el hermoso libreto de quien compra exactamente lo mismo que el otro, para sentirse diferente. Como el uniforme de trabajo con el photocheck con nuestro nombre: no importa qué tan igual te diseñes al resto, siempre habrá algún artilugio para venderte individualidad, para enamorarte con el discurso ese de: eres único y distinto. ¿Dije ya que me gustaban las ciudades grandes por su cinismo?

El tipo me sirve una hamburguesa con un plus de mayonesa que se cuela entre mis dedos, intento resguardar mi bolso, mientras maniobro con la hamburguesa en una mano y extiendo la otra buscando una servilleta. Una señora de unos cincuenta años se para delante de mí mientras habla con su hijo, un muchacho de unos veinte. La mujer pide dos sandwichs de pollo, mientras el muchacho mira su alrededor sin interés. Debe ser que todos somos iguales para él también – pienso, mientras doy un paso hacia atrás frente a la amenaza de la gota de mayonesa sobre mi bolso inmaculado. El encargado me extiende la servilleta, la tomo y la estrecho contra mis manos y por debajo de mi almuerzo. Vuelvo a mirar al hijo de la señora; ahora recibe su sándwich y lo mira con la precisión de un cirujano. No vuelve a mirar alrededor; el mundo es solo él y su sándwich. ¿O es que quizá el mundo el mundo sea un gran sándwich que todos queremos mordisquear por puro instinto, sin importar quién espere en cola atrás? El gran sándwich del capitalismo – concluyo, pero retiro la idea de inmediato dando por sentado el exceso de cliché. Ese cliché acosador y facilista del que todos pretendemos huir. O fingimos que lo hacemos. El cliché, el cinismo, el sándwich, el muchacho, la furgoneta Volkswagen, la salchicha King, la avenida traspasando el mundo como una espada. La ciudad grande. El cinismo, el cliché. El pensar en círculos y no llegar a ninguna parte. La avenida rompiendo las calles, ramificándose como un sistema nervioso, como el caudal sanguíneo, como un cáncer. La gente viajando sobre las vías, en ida y vuelva. Ida y vuelta, ida y vuelta, ida y vuelta. Y no llegar a ninguna parte." 

jueves, 8 de marzo de 2012

Grande, maestro.

Leer a Juan Ramón Jiménez no es rozar con la yema de los dedos, la naturaleza del amor o la esencia de la vida. Todo lo contrario: es inyectarse una sobre dosis de miedo directa a la aorta. Es el vocero de la muerte, el cómplice de la ausencia, el eterno espectador del atardecer extinguido. En cada una de sus líneas, las ansias de un hombre que lucha a punta de talento/estética/don-divino contra la mortalidad de la carne; escapan del papel para respirarnos en la nuca, taladrarnos los huesos y soltarnos una sonrisa torcida.

Político sin partido, presidente del infinito, lengua cruda y tinta directa: en cada uno de sus roles, Juan Ramón Jiménez es un capo. Un historiador de los crepúsculos que nunca llegan, un amante de la naturaleza desconocida, un simbolista que juega a naturalista... En fin, un antónimo demasiado simpático.

No caben palabras para describirlo; el lenguaje es corto e inútil para perfilar a quien lo domina por instinto, por experiencia, por sobrevivencia. Juan Ramón escribe para no morir, y murió cada día para escribir. Él mismo lo afirma, cuando escribió: Tengo solo dos obsesiones, en lucha perpetua: el arte y la muerte.

Frente a su espíritu, las frases se me escurren y quedo desarmada ante cualquier intento de representación o conceptualización de tamaño genio. Solo alcanzo a soltar una verdad, una confesión, y un deseo jamás realizado: para mí Juan Ramón Jiménez es el tipo que quise ser en mi vida pasada.

sábado, 18 de febrero de 2012

Confesión I.

Escribir guiones de telenovelas debería ser una terapia considerada por cualquier psicoanalista. Solo así, solo en cada exageración, en cada giro dramático, en cada escena de protagonistas; uno se encuentra con el yo que es, que fue y que será. Con cada uno de los demonios que enterró en cualquier lugar, y con los que conviven bailando de sinapsis en sinapsis. Escribir guiones es dejar que los personajes hablen a través de ti y decir lo que callaste, lo que te tragaste, o lo que olvidaste. Es darte la última chance, pero en la ficción. O quizá, por otro lado, parafrasearte a ti mismo, estrellarte con el pasado y con las mil y un frases afiladas que soltaste por pura supervivencia. Es inspeccionarte bajo otra óptica, bajo un lente objetivo, externo y exquisitamente voyeurista. Es convertirte en personaje y decir: bueno, no estuvo tan mal finalmente. El tipo parece en su razón, quizá yo también lo estuve.

Y soltar una sonrisa, seguida de un: mierda, cómo amo este trabajo.


jueves, 16 de febrero de 2012

Cocinero a sus libros.

Nunca he conocido lectora tan voraz como mi propia madre. Desde pequeña, he escuchado a sus hermanas confirmarme que mi progenitora no nació con un pan bajo el brazo, sino con un libro entre las manos. Incluso a los trece años, casi fue atropellada en medio de alguna calle de bruselas por ir leyendo el ensayo sobre la ceguera mientras cruzaba un semáforo. Probablemente, la magia apocalíptica de Saramago le impidió percatarse que el foco cambió en verde. Solo el sonido del claxon y un frenazo a quema llanta, seguidos de una lisurienta llamada de atención por parte del conductor; lograron que evacuara del mundo de los ciegos para estrellarse contra el mundo de los impacientes.

Por supuesto, su gusto por la buena lectura no solo se limitó a sustos de tráfico, sino a una invaluable colección de autores franceses, alemanes, norteamericanos y sudamericanos apilada en la biblioteca de la casa. Fue allí donde me encontré por primera vez con las Mil y una noches, con el viejo y el mar, y tantas veces Pedro; además de la magia del comic con Mafalda, Tintín, Asterix y Obelix, y Corto Maltesse. Fue allí donde aprendí del amor y el placer sin siquiera conocerlos en la práctica, y paralelamente, me burlé a carcajadas de los desaciertos de las tropas romanas en sus desgraciados encuentros con los galos. Fue allí donde tomé la decisión que marcó mi vida desde entonces: ser escritora.

Por lo tanto, desde esa perspectiva y quitándole el relámpago subjetivo y sanguíneo al asunto, podría afirmar que si hay alguien capaz de juzgar cualquier producción literaria, esa es mi madre. Incluso cuando esa no sea su profesión y ni siquiera se le parezca. Porque ella jamás se dedicó a las letras, tampoco cursó alguna asignatura sobre el tema. Para nada: mi madre es cocinera. Y de las mejores.

Faverón dice: cocinero a sus sartenes. Yo -y que me perdone la impertinencia- le respondo: para ser lector no hace falta una profesión. Todos lo somos -o deberíamos serlo. Unos más apasionados que otros, otros más desordenados que unos. Da lo mismo: no hace falta poseer un curriculum sobrealimentado con arsenales de doctorados en linguística y filología para agarrar un buen libro, apreciarlo y luego explicar por qué valió la pena o por qué es un maldito desastre. Solo hace falta saber gozar. ¿Y quién más conoce de goce que un buen cocinero?

Sí, Acurio no ha estudiado letras, a diferencia de los otros jurados. Pero, ¿no es hora de romper el escudo conservador, oxidado y aristócrata de la literatura? ¿No es hora de democratizar un círculo que peca de soberbio y que suelta paporretas a oídos sordos? Hemingway aprendió a cazar, antes que a escribir. Rimbaud era un campesino, antes de armar los poemas más malditos de todos los tiempos. ¿No es que la historia nos ha cacheteado demostrándonos que no hace falta ser parte de una cúpula aristocrática para escribir y saber juzgar a quienes se dedican a ello? Y yendo a un terreno más específico: ¿qué escritor no quisiera ser apreciado por sus lectores? ¿acaso el literato escribe para los críticos? ¡Para nada! ¡Los detesta!

Patricia del Río no pudo decirlo mejor: "Este no es un concurso de especialistas para especialistas,es de todos y para todos". O dicho de un modo más mordaz: "Si aceptamos la renuncia de Gastón habrá ganado ese Perú al que le jode el éxito ajeno, que construye su identidad sobre la base de la exclusión y de volver la cultura elitista para convertirla en un elemento que enfatiza la discriminación" ¡Incluso el mismo Thays ha defendido a Gastón Acurio y le ha pedido que no renuncie!

Los lectores también tienen derecho a criticar o opinar sobre la obra de cierto autor, porque ellos son los destinatarios finales. Es a ellos a los que se refiere el autor. No a los críticos, no a los otros escritores. No. Uno escribe para que lo lean, pero sobre todo, para que lo disfruten. Para que un mortal común y corriente sueñe a partir de la narrativa y las líneas de acción estructuradas por el escritor. Y esa es chamba del lector. Sea ingeniero, arquitecto, campesino o zapatero.

Por lo tanto, si los directivos del concurso hubieran aceptado la renuncia de Gastón, lo único que habrían conseguido sería ningunear a todos los lectores del mundo y además, quitarle el privilegio a los escritores nóveles de ser apreciados por su verdadero jurado: la gente que irá a la librería, comprará su obra, la leerá antes de dormir y por si fuera poco, le pagará la vocación.

jueves, 9 de febrero de 2012

Consejo del día: cuando estás a punto de mandar todo al carajo e incluso, renunciar a la oportunidad de chamba de tu vida; lo primero que debes hacer es actuar del modo totalmente contrario a tus impulsos. Respirar, abrir tu procesador de textos, encender un cigarrillo, colocar metal en el reproductor, agachar la cabeza y volver al ruedo.



martes, 7 de febrero de 2012

Panorama semanal.

Y como jugando, la semana pasada ha sido un revoltijo de revelaciones, puyazos, dimes y diretes, y demás infamias de nuestros politicirqueros y nuestros grandísimos representantes de la criollada. Por un lado, tenemos a Thays y a su desafortunado comentario sobre la comida peruana. El resultado: una ola de jóvenes twitteros gritando enardecidos -con los dedos y a unísono- frente a tremendo sacrilegio. Y no solo eso: también nuestros columnistas más punteros le dedicaron sus líneas al escritor. Por un lado, Beto Ortiz afirmó que Thays era probablemente mejor publicista que periodista, mientras que Cecilia Blume se quejaba de la agigantada atención que recibía tan trivial comentario, al mismo tiempo que los casos de tráfico sexual con menores eran ignorados -incluso cuando la cifra va creciendo a ritmo de relámpago.

Pero ahí no termina la cosa. En el otro rincón del cuadrilátero tenemos a la cadena norteamericana, Univisión, destacando una peculiar declaración de Alan García sobre su posición frente al indulto de Alberto Fujimori. Al grano: García aceptó haberle ofrecido a Humala indultar a Fujimori, apenas se iniciara el nuevo gobierno. El plan era que ambos salieran con sus sonricitas hipocritonas, y soltaran un discurso de amor, paz y humanidad, capaz de sustentar la decisión de dejar libre a uno de los peores genocidas de nuestra historia. Afortunadamente, Humala -que ha demostrado ser ningún santo digno de ninguna devoción- no le prestó la importancia del caso. Pero la bomba ya estaba plantada, y los asesores de García no tuvieron otra que dar un manotazo de ahogado: "García dice que no dijo lo que dijo". Dimes y diretes se entremezclan en la fallida -y poco original- técnica del teléfono malogrado para explicar los hechos o al menos, intentar desmentirlos. Por supuesto, no funcionó.

Y aún hay más. En medio del ring, presentamos a la cereza del pastel de esta semana: nuestro queridísimo gobierno ha comenzado a debatir la propuesta de añadir un feriado más a nuestro pomposo calendario. ¿Cuál? Pues el aniversario de la derrota del terrorismo. Es decir, un día festivo para celebrar que en el Perú se asesinaron a 60 mil personas -pero, bueno, al menos ganamos ¿no?.

En mi opinión, si la bancada fujimorista pudiera, incluso diría que el mes en que fuera colocada dicha fecha, debería considerarse -en contraste con el morado de octubre- el mes naranja. Terrible.

Por otro lado, -y esta es la buena noticia de hoy- Anonymous hackeó varias cuentas del gobierno y ha dejado colgados documentos oficiales y secretos de nuestra cúpula de poder. Para acceder solo basta buscar en twitter la cuenta de estos guerrilleros 2.0, y dar con el tuit ganador. Una pena que la mayoría de los documentos sean solo números telefónicos, y documentos oficiales sobre los días de vacaciones a cobrar de los funcionarios públicos. Es decir, un cúmulo de papelitos scaneados y ppts sin mucho qué decir, tal y como pasaba con wikileaks. Pero no les quitemos crédito a estos guerreros de la red: el golpe ha sido bajo y ha dejado en evidencia a la mísera seguridad que tiene nuestro departamento de inteligencia. ¿Buena noticia? Pues, depende del ángulo en que se le mire.

Y ese es el panorama social y político de nuestro país. ¿Esperanzador? No, no lo creo. Pero al menos, ahí vamos.

lunes, 6 de febrero de 2012

De oxitocinas y otros demonios

La fijación del ser humano con el amor es histórica. Desde las épocas del imperio griego, varios versos de amor fueron difundidos entre los cultos y letrados del pueblo de Sócrates. De aquí salen las poesías de Safo, como las tragedias de Homero. Los maestros de la Athenas de Zeus, además de profesar un culto por las artes y las humanidades, conocieron de cerca la debilidad del ser humano hacia ese flujo hormonal que llamamos con un enardecido fanatismo: amor.

Pero ¿qué es el amor? Erich Fromm dice que es un arte que debe ser cultivado con disciplina y esfuerzo. Una simbiosis entre la teoría y la práctica que debería ser proyectada hacia el amor como sentimiento y no, a la búsqueda del objeto amado. Por supuesto, sin llegar a juegos de dependencia y a relación del tipo sádico-masoquista. Pero no solo eso: el psicoanalista también hace una crítica mordaz a la sociedad postmoderna, a esa que se embute con discursos plagados de cursilerías y en realidad, no sabe nada de nada. A esa masa que suspira escuchando una canción romántica sin entender un carajo sobre el sentimiento en esencia. Porque el amor, dice Fromm, no es la atracción física ni sexual que termina oxidándose por el tiempo y la falta de paciencia. Para nada: es una materia compleja que se nos escurre de las manos, si somos incapaces de dominarla.

Sin embargo, la intención de este post no va por ese lado. Por el contrario, este es un texto apócrifo sobre las teorías del amor. Porque sépanlo todos, lo que ustedes sienten por sus novios o novias, o lo que pudieron experimentar por cualquier habitante de sus pasados, no fue una conexión metafísica, ni tampoco una sobrevalorada exaltación de afecto. Claro que no: fue una vulgar secreción de oxitocinas -y si hay diversión, también endorfinas. Un simple proceso hormonal que les hizo perder la cabeza como lo hizo hace siglos Adriano por su amado Antino, o como sucedió con Verlaine y Rimbaud, o Beauvoir y Sartre. Las grandes tragedias amorosas de los hombres no han sido más que el resultado de una reacción química en sus organismos. Nada más.

Pero ¿por qué enaltecemos tanto el amor? ¿Es que acaso el ser humano no puede sobrevivir en soledad? ¿Dónde quedó la independencia y la individualidad del mismo? ¿Será que estamos condenados a la eterna búsqueda del objeto amado, o es que hemos sido bombardeados por discursos empalagosos y un estilo de vida frívolo y caprichoso?

No me considero a la altura para responder ninguna de esas preguntas, tampoco para refutar esa eterna huída a cualquier lugar que provoque que nuestro hipotálamo suelte ríos de oxitocionas. Cada loco con su tema, se dice. Y se respeta.

Pero, señores, ¿el mundo no tiene ya suficientes problemas como para ponerse a llorar como críos por personas que probablemente luego encajen en frases del tipo: sí, tenía sus defectos, pero era un buen polvo? ¿Por qué perder tantas energías en el amor no correspondido, cuando a diario mueren centenares de niños por desnutrición? ¿Es que acaso el amor es la cortina de humo mejor usada de todos los tiempos? ¿Es que acaso tantas películas, canciones y libros sobre el amor, no son más que un vano escape y descontextualización del ser humano?

Tampoco pretendo responder lo último. Pero si algo he de afirmar es: 1. No te ahogues en un vano proceso fisiológico. 2. El amor se termina, varón. Si buscas culpables o si te culpan y te la crees, te estarás ahogando en el vaso de agua más antiguo y menos original de todos. 3. No idolatres al objeto amado, de otro modo, estarás cayendo en la más condenable de las simbiosis. 4. Si tienes una relación informal y no pretendes enamorarte, disfruta y no contamines con palabritas pomposas y rococós. 5. No te victimices, no existe rollo más ridículo y caricaturezco.

Y seis: El amor es eterno mientras dura (Gabo García Márquez). Es hielo abrazador, es fuego helado. Es herida que duele y no se siente (Francisco de Quevedo). Y lo más importante: un flujo desmesurado y carnavalezco de oxitocionas.


¿Movadef o MOFAdev?

Dicen que los jóvenes somos desmemoriados. Y dicen además, que somos tan manipulables como los militares que votaron por el poto de Susy Díaz. ¿Y saben qué es lo peor? Que el movimiento juvenil que avala el Movadef es prueba irrefutable de ello.

Vamos por pasos:

Sí, es cierto que Sendero Luminoso comenzó como un movimiento ideológico e intelectual. Desde su concepción, Abimael Guzmán se dejó enamorar por los postulados de Marx y Mao, y por la tesis que sostiene que una reforma comunista se debe plantear en base a una revolución. Por supuesto, en este punto, por revolución se entiende a una dictadura del proletariado guiada por la masa intelectual y enfrentada contra el demonio capitalista, las cúpulas de poder y la gran y pequeña burguesía. Es decir, un movimiento de rebelión que debía parecerse a la revolución cubana, a la china, o a la rusa. Pero no fue así.

Y no fue así porque el Pensamiento Gonzalo -y específicamente su líder, Abimael Guzmán-, lejos de armar una revolución del campesinado, se fue contra él. Su propia masa de lucha, su verdadera arma de combate, fue asesinada sin titubeos ni causas lógicas. La política fue una sola: o estás con nosotros, o te vas al infierno. Prueba de ello, fueron las matanzas a pedradas en Lunamarca y el espantoso asesinato de María Elena Moyano. El pueblo contra el pueblo, y el gobierno del terror. Es allí donde Sendero Luminoso deja de ser una suerte de marea ideológica para convertirse en un movimiento terrorista. Ojo: terrorista y no, comunista.

Por otro lado, ¿qué es lo que pretende el Movimiento por Amnistía y Derechos Fundamentales? Pues, simple: hacer borrón y cuenta nueva sobre los cadáveres de sesenta mil asesinados. Dejar suelto en plaza a Abimael Guzmán y a sus cómplices, además de los militares que también asesinaron, violaron y torturaron al pueblo peruano. Esconder bajo la alfombra el respeto por los fallecidos y los torturados, y jugar a que aquí no pasó nada. En otras palabras: limpiar con amnesia colectiva la sangre derramada.

Ellos dicen: ¡abajo el resentimiento! ¡Comencemos de nuevo como nación! ¡Apoyemos al pueblo! Pero, señores, ¿cómo pretenden ustedes apoyar al mismo pueblo que sus líderes -y mentores- dispararon a matar? ¿cómo se ayuda a un pueblo enseñándoles que la justicia es -casi literalmente- un cuento chino? ¿Cómo?

Por otro lado, también nos encontramos frente a otro contexto sumamente delicado. Y es que el Movadef ha abierto heridas que además de provocar terror, incitan al peruano a buscar a ciegas una fuente de protección paternalista. ¿Y quién sería ese escudo erróneo y desfigurado para el peruano promedio? ¿Adivinan?

¡Sí! Nada menos que Alberto Fujimori, uno de los más grandes genocidas de nuestra historia. El supuesto vencedor del terrorismo y la otra cara de la carnicería vivida a comienzos de los años noventas. El verdugo que se encargó de desaparecer a miles y de suprimir a los enemigos de estado -sin que fueran necesariamente, terroristas. Ese supuesto héroe que desmanteló el país como un colono del siglo XIX, y que torturó a nuestros compatriotas en las escalofriantes salas del SIN.

¿Derechos fundamentales? ¿Amnistía?... Señores del Movadef, acá el único concepto que los peruanos necesitamos es: Derechos Humanos. Y eso significa hacer justicia por las millares de vidas que ustedes y Fujimori apagaron para siempre.