"Siempre me gustaron las ciudades grandes. Pueden llamarme youpie, pueden acusarme de aburguesado o peor aún, alienado. Pueden hacerlo y daría lo mismo: de hace un tiempo que dejaron de importarme sus mentiras. No, claro que no soy aburguesado, y claro que ustedes mienten. Todo es un malentendido, supongo; pero tampoco me importa. Decía que me gustan las ciudades grandes y es cierto. Las avenidas gigantes, por ejemplo, jugando a ser las venas vitales que traspasan una ciudad de norte a sur o de este a oeste, y terminan en pequeñas ramificaciones que llegan a ninguna y a todas partes. Los servicios de metro y tram conectando en una sola vía los barrios más adinerados y rococó, con los rincones más sórdidos y –cuidadosamente- escondidos de la urbe. La mitad del departamento de policía estratégicamente estacionado donde nunca sucede nada. Siempre me gustaron las ciudades grandes: son tan cínicas que uno se siente estúpido de sentir culpa de su comparado cinismo.
Cinismo. La palabra reverbera en mi cabeza, mientras pido un sándwich al paso. Es un volskwagen furgoneta de los sesenta, dos tipos vestidos con gorros ridículos y camiseta amarilla atienden al público: ¿qué le sirvo, señor? por un dólar más, puede tener un combo agrandado, ¿qué salsas desea, señora? Sí, esa es nuestra especial, la salchicha King con huevo, queso y jamón. Tras ellos, dos hombre se ocupan de la parrilla. Uno le alcanza los insumos, mientras que le otro se encarga de freír los pedidos de un solo saco: tocinos, quesos, huevos, champignones, cociéndose a lado de montículos de hilachas de pollos, láminas de hamburguesa, salchichas, chorizos, y quizá algún embutido típico de la zona. Solo alguno. Siempre me gustaron las ciudades grandes, me repito: su uniformidad consigue que uno se sienta jodidamente normal y a la vez, ajeno. Es el efecto mágico del consumo masivo; el hermoso libreto de quien compra exactamente lo mismo que el otro, para sentirse diferente. Como el uniforme de trabajo con el photocheck con nuestro nombre: no importa qué tan igual te diseñes al resto, siempre habrá algún artilugio para venderte individualidad, para enamorarte con el discurso ese de: eres único y distinto. ¿Dije ya que me gustaban las ciudades grandes por su cinismo?
El tipo me sirve una hamburguesa con un plus de mayonesa que se cuela entre mis dedos, intento resguardar mi bolso, mientras maniobro con la hamburguesa en una mano y extiendo la otra buscando una servilleta. Una señora de unos cincuenta años se para delante de mí mientras habla con su hijo, un muchacho de unos veinte. La mujer pide dos sandwichs de pollo, mientras el muchacho mira su alrededor sin interés. Debe ser que todos somos iguales para él también – pienso, mientras doy un paso hacia atrás frente a la amenaza de la gota de mayonesa sobre mi bolso inmaculado. El encargado me extiende la servilleta, la tomo y la estrecho contra mis manos y por debajo de mi almuerzo. Vuelvo a mirar al hijo de la señora; ahora recibe su sándwich y lo mira con la precisión de un cirujano. No vuelve a mirar alrededor; el mundo es solo él y su sándwich. ¿O es que quizá el mundo el mundo sea un gran sándwich que todos queremos mordisquear por puro instinto, sin importar quién espere en cola atrás? El gran sándwich del capitalismo – concluyo, pero retiro la idea de inmediato dando por sentado el exceso de cliché. Ese cliché acosador y facilista del que todos pretendemos huir. O fingimos que lo hacemos. El cliché, el cinismo, el sándwich, el muchacho, la furgoneta Volkswagen, la salchicha King, la avenida traspasando el mundo como una espada. La ciudad grande. El cinismo, el cliché. El pensar en círculos y no llegar a ninguna parte. La avenida rompiendo las calles, ramificándose como un sistema nervioso, como el caudal sanguíneo, como un cáncer. La gente viajando sobre las vías, en ida y vuelva. Ida y vuelta, ida y vuelta, ida y vuelta. Y no llegar a ninguna parte."