La fijación del ser humano con el amor es histórica. Desde las épocas del imperio griego, varios versos de amor fueron difundidos entre los cultos y letrados del pueblo de Sócrates. De aquí salen las poesías de Safo, como las tragedias de Homero. Los maestros de la Athenas de Zeus, además de profesar un culto por las artes y las humanidades, conocieron de cerca la debilidad del ser humano hacia ese flujo hormonal que llamamos con un enardecido fanatismo: amor.
Pero ¿qué es el amor? Erich Fromm dice que es un arte que debe ser cultivado con disciplina y esfuerzo. Una simbiosis entre la teoría y la práctica que debería ser proyectada hacia el amor como sentimiento y no, a la búsqueda del objeto amado. Por supuesto, sin llegar a juegos de dependencia y a relación del tipo sádico-masoquista. Pero no solo eso: el psicoanalista también hace una crítica mordaz a la sociedad postmoderna, a esa que se embute con discursos plagados de cursilerías y en realidad, no sabe nada de nada. A esa masa que suspira escuchando una canción romántica sin entender un carajo sobre el sentimiento en esencia. Porque el amor, dice Fromm, no es la atracción física ni sexual que termina oxidándose por el tiempo y la falta de paciencia. Para nada: es una materia compleja que se nos escurre de las manos, si somos incapaces de dominarla.
Sin embargo, la intención de este post no va por ese lado. Por el contrario, este es un texto apócrifo sobre las teorías del amor. Porque sépanlo todos, lo que ustedes sienten por sus novios o novias, o lo que pudieron experimentar por cualquier habitante de sus pasados, no fue una conexión metafísica, ni tampoco una sobrevalorada exaltación de afecto. Claro que no: fue una vulgar secreción de oxitocinas -y si hay diversión, también endorfinas. Un simple proceso hormonal que les hizo perder la cabeza como lo hizo hace siglos Adriano por su amado Antino, o como sucedió con Verlaine y Rimbaud, o Beauvoir y Sartre. Las grandes tragedias amorosas de los hombres no han sido más que el resultado de una reacción química en sus organismos. Nada más.
Pero ¿por qué enaltecemos tanto el amor? ¿Es que acaso el ser humano no puede sobrevivir en soledad? ¿Dónde quedó la independencia y la individualidad del mismo? ¿Será que estamos condenados a la eterna búsqueda del objeto amado, o es que hemos sido bombardeados por discursos empalagosos y un estilo de vida frívolo y caprichoso?
No me considero a la altura para responder ninguna de esas preguntas, tampoco para refutar esa eterna huída a cualquier lugar que provoque que nuestro hipotálamo suelte ríos de oxitocionas. Cada loco con su tema, se dice. Y se respeta.
Pero, señores, ¿el mundo no tiene ya suficientes problemas como para ponerse a llorar como críos por personas que probablemente luego encajen en frases del tipo: sí, tenía sus defectos, pero era un buen polvo? ¿Por qué perder tantas energías en el amor no correspondido, cuando a diario mueren centenares de niños por desnutrición? ¿Es que acaso el amor es la cortina de humo mejor usada de todos los tiempos? ¿Es que acaso tantas películas, canciones y libros sobre el amor, no son más que un vano escape y descontextualización del ser humano?
Tampoco pretendo responder lo último. Pero si algo he de afirmar es: 1. No te ahogues en un vano proceso fisiológico. 2. El amor se termina, varón. Si buscas culpables o si te culpan y te la crees, te estarás ahogando en el vaso de agua más antiguo y menos original de todos. 3. No idolatres al objeto amado, de otro modo, estarás cayendo en la más condenable de las simbiosis. 4. Si tienes una relación informal y no pretendes enamorarte, disfruta y no contamines con palabritas pomposas y rococós. 5. No te victimices, no existe rollo más ridículo y caricaturezco.
Y seis: El amor es eterno mientras dura (Gabo García Márquez). Es hielo abrazador, es fuego helado. Es herida que duele y no se siente (Francisco de Quevedo). Y lo más importante: un flujo desmesurado y carnavalezco de oxitocionas.
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